Editorial - Impacto del cambio climático en el agro

Chile ocupa el décimo lugar del ranking de países más afectados por efectos meteorológicos asociados al cambio climático. Sin embargo, si algo queda claro con el retiro de EE.UU. del Acuerdo de París es que el debate mundial respecto del impacto de ese fenómeno climático, y de las medidas que se deben tomar para mitigar sus consecuencias, sigue abierto. En efecto, el Presidente de la nación más poderosa del planeta considera más importante continuar generando energía en su país por medio de combustibles fósiles, dada la reciente abundancia de estos en su nación, que preocuparse de ese fenómeno climático.

En materia de cambio climático, nuestro país se ha ido incorporando con cada vez más fuerza a los acuerdos mundiales. En 1994 ratificó la Convención Macro de la ONU sobre Cambio Climático; en 2002 suscribió el Protocolo de Kioto; en 2005 creó el Registro de Emisiones y Transferencias de Contaminantes; en 2012 efectuó el Inventario Nacional de Gases Efecto Invernadero, y en 2015 suscribió el Acuerdo de París, que ratificó en 2017.

En relación con el agro nacional, los posibles impactos sobre este son variados: caída de rendimientos por estrés hídrico; intensificación de problemas de golpes de sol, ablandamiento o deshidratación; problemas sanitarios por aumento de poblaciones de insectos; reducción de caudales medios en las cuencas de la IV a la X Región; retroceso de glaciares y pérdida de patrimonio genético y de la biodiversidad asociada, entre otros. Pero, por otra parte, podría aumentar la zona cultivable de la VIII Región, y los climas sureños podrían aceptar cultivos que hasta ahora no se han podido utilizar.

La identificación de todos estos impactos, incluidos los positivos, sin embargo, no permite tomar acciones específicas que mitiguen gran parte de ellos, pues los modelos que los predicen aún adolecen de fallas. Por esa razón, las grandes inversiones necesarias para acumular agua por medio de tranques en lugares donde en el futuro podrían requerirse, y que hasta ahora no han sido considerados, corren el riesgo de no ajustarse con precisión a lo que realmente ocurra. En ese caso, se habrían malgastado importantes recursos que podrían haber sido mejor utilizados en otro lugar o para otro destino.

Una de las soluciones que permitirían obviar esa incertidumbre es mover el agua de las zonas de abundancia a las zonas de escasez, pues de esa manera se preserva la flexibilidad necesaria para adaptarse a lo que eventualmente ocurra, con inversiones marginales. Al respecto se han formulado diversos planes de "carreteras hídricas" que llevarían agua de las zonas de mayor abundancia en el sur del país a la zona central o, eventualmente, al norte. Estas podrían ser terrestres o marítimas, y estas últimas podrían ser, a su vez, submarinas, cerca de la costa, o superficiales, arrastrando gigantescos "guateros" con agua. Alternativamente, está la opción de aprovechar la energía solar del norte para desalar agua de mar, con una huella de carbono mínima, y utilizarla para consumo humano o agrícola en grandes cantidades.

Todas estas soluciones requieren de la disposición de las personas o agricultores a pagar por el agua de formas distintas a las que hasta ahora se han utilizado. A su vez, dicho pago incentivaría un fuerte aumento de la eficiencia del uso del agua, y una utilización más intensiva de las tecnologías de regadío y las economías de escala, todo lo cual puede impulsar un agro de alto impacto y calidad. El clima mediterráneo de Chile y el fuerte aumento de la demanda por alimentos desde el Asia puede transformar los impactos del cambio climático en el agro en una gran oportunidad de desarrollo, que el país debe examinar con atención.

Fuente: http://impresa.elmercurio.com/