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Cierre de lecherías: cuando las cuentas ya no cuadran...

El cierre de lecherías en la Región es una realidad que golpea duro a uno de los principales ejes productivos de la zona, situación que mantiene en alerta a agricultores y gremios, que esperan la pronta concreción de varias medidas gubernamentales que podrían revertir el preocupante panorama que se ha venido gestando.

Y es que el cierre de una lechería no es una decisión que se tome de un día para otro, porque tiene efectos devastadores, no sólo económicos, sino también emocionales y sociales que afectan a sus dueños, que se ven en la necesidad de buscar nuevos rubros productivos y poner fin al esfuerzo familiar de varias generaciones.

No obstante, también se ven perjudicados los trabajadores, que luego de 20 o 30 años dedicados a labores agrícolas, han debido buscar trabajo en la ciudad, a veces con un sueldo bastante menor, y hacerse cargo de gastos que en el campo tenían cubiertos, como arriendo, electricidad, calefacción y agua.

El presidente de la Federación Nacional de Productores de Leche (Fedeleche), Eduardo Schwerter, explica que el último censo agrícola, efectuado en 2007, daba cuenta que en el país existían aproximadamente 14.500 productores. En 10 años, esa cifra se redujo a un tercio, ya que hoy quedan alrededor de 5.000.

“Ha sido dramática la pérdida de productores que hemos tenido a nivel país y que se fue generando de norte a sur, básicamente por la sustitución de sectores productivos más rentables, especialmente el frutícola en la zona central”, expresa.

Este fenómeno avanzó hacia Los Ángeles y Temuco, que tuvieron una disminución significativa por 2010 y en los últimos años ha golpeado fuerte a las regiones de Los Ríos y Los Lagos, que actualmente representan más del 60% de la producción nacional de leche.

Schwerter, quien también es productor lechero y presidente de Agrollanquihue agrega que sólo en la provincia de Llanquihue, en 2016, 2017 y 2018, se han cerrado entre 25 y 30 lecherías por año.

“Y en la provincia de Osorno ha sido similar, entonces, hablamos de más de 50 lecherías cerradas al año en la Región, y eso es muy significativo para la producción nacional y tiene, igualmente, un efecto negativo en la economía regional, porque disminuye el capital circulante y merma otras áreas y servicios, como transportes y comercio, por ejemplo”, recalca.

La actual crisis del sector lechero se explica por la baja rentabilidad que hace que el negocio sea insostenible para muchos productores que, incluso, se han visto en la necesidad de endeudarse para mantener a flote sus empresas.

Rentabilidad

El economista senior de Rabobank, Andrés Padilla, en su intervención efectuada el año pasado en el evento Chile Lácteo, denominó al período comprendido entre 2008 y 2017 como la “década perdida” en la producción lechera del país, ya que el volumen se ha mantenido por 10 años, y aunque hubo un leve repunte entre 2009 y 2014, volvió a descender en los siguientes años.

Entonces, la producción de leche se estancó, las lecherías comenzaron a cerrar y aunque el consumo per cápita ha aumentado en el país, ha sido abastecido por las crecientes importaciones de los últimos años.

Expertos explican que la rentabilidad de un plantel lechero no es precio por cantidad, porque hay varios componentes que afectan negativamente los resultados. Por una parte, está el factor climático y el valor de la leche; y por otra, los productores tienen que cumplir con una serie de nuevas normativas en el ámbito tributario, sanitario, leyes laborales y de medio ambiente.

Marcos Winkler, presidente de la Asociación Gremial de Productores de Leche de Osorno (Aproleche Osorno), provincia con la mayor cantidad de productores lecheros del país, afirma que “existen fiscalizaciones aberrantes de los entes públicos que han sido impuestas a los agricultores y que, en vez de solucionar el problema, provocan que la gente se reconvierta o cierre derechamente las lecherías”.

En ese sentido, Alejandro Schilling, productor del sector Crucero, en la comuna de Purranque, detalla que estas exigencias implican una importante inversión de parte de los lecheros sin que el retorno aumente en igual medida.

“Lamentablemente, tenemos estándares de exigencias incluso superiores a Europa para algunas cosas y hemos tenido que dedicar no sólo recursos, sino mucho tiempo en satisfacer estas ideas de personas que, se nota, no conocen la vida y realidad de nuestros campos”, acusa.

Schilling se dedica a la lechería desde hace 25 años y antes lo hizo su padre y abuelo, por lo que -como suele suceder- creció conociendo el negocio que forma parte del esfuerzo y tradición familiar.

Tiene alrededor de 1.500 vacas y aunque no ha pensado en cerrar, sí enfatiza en que “ha habido años muy difíciles, en los que hemos producido bajo el costo y con cifras rojas”.

Cierre

Andrea Santos dedicó 35 años de su vida a la lechería. Médico veterinario de profesión e hija de agricultores, junto a su marido apostaron por el rubro lechero, arrendaron dos campos y después compraron un tercero. Así llegaron a tener tres lecherías con 370 vacas, en los sectores de Chan Chan, Rupanquito y cerca de Purranque.

Pero tuvo que cerrarlas y despedir a 10 trabajadores que se fueron a vivir a la ciudad. En junio vendió las últimas vacas y está en proceso de hacer lo mismo con el equipamiento.

“Hay tres razones fundamentales que hicieron que decidiéramos cambiar de rubro: el escaso margen de ganancia, la dificultad para encontrar trabajadores y el escaso apoyo gubernamental para desarrollar la lechería. Fue un trabajo muy pesado y durante los últimos años mis hijos me ayudaron, porque empecé a pedir socorro”, relata.

Cuenta que dedicaba todos los días, sin descanso, a las labores de la lechería. “Yo era veterinario, gerente, administradora, la que hacía las compras y pagaba sueldos, todo, y así funcionan muchos lecheros, entonces es muy desgastante y no hay un retorno equivalente”, enfatiza.

Andrea sintió que había llegado el momento de cerrar una etapa y se está dedicando ahora a la engorda de ganado, labor que le da tiempo para su familia y disfrutar a sus nietos, que son su prioridad hoy día.

“Terminar lo que costó tanto esfuerzo construir no es fácil, fue doloroso e incluso lloré. Pero ¿cómo es posible que te paguen 200 pesos el litro de leche, si voy al supermercado y he pagado hasta mil pesos por el litro? Uno siente desamparo por la falta de apoyo de las políticas de gobierno”, señala.

Panorama

La Comisión Nacional Encargada de Investigar la Existencia de Distorsiones de las Mercaderías Importadas (CNDP) realizará la audiencia final para definir si recomienda o no la aplicación de salvaguardias a la importación de leche en polvo y queso gouda.

Datos proporcionados por Fedeleche, que interpuso el requerimiento, muestran que las importaciones de productos lácteos alcanzaron un récord histórico entre enero y agosto de 2018, generando un peak en términos de déficit comercial.

Schwerter valora el respaldo del Poder Legislativo para solicitar salvaguardias de un 30% para la leche en polvo entera y descremada, y un 27% para el queso gouda.

“No estamos contra el libre comercio, sino que solicitando que se apliquen las medidas de defensa comercial cuando se generan importaciones desmedidas que afectan el normal desarrollo del sector”, precisó.

Subraya que solicitan estructuras claras: la salvaguardia; el etiquetado de los productos lácteos para que los consumidores sepan el origen de lo que están comprando; y  trabajar en una política agrícola-lechera.

“Como política nacional ¿queremos leche?, ¿deseamos fomentar su producción? La idea es trabajar en conjunto y estamos disponibles para colaborar en lo necesario”, recalca Winkler.

Asociatividad

Han surgido diversas iniciativas de asociatividad en la zona. Sin embargo, los productores reconocen haberse equivocado al tomar rumbos individuales cuando los precios de la industria fueron más auspiciosos.

En 2002 trajeron a Osorno un nuevo comprador de leche: Parmalat; en 2004 crearon una empresa para exportar productos lácteos a México y lo hicieron por un tiempo; después, crearon Lácteos Patagonia, una empresa de productores que compró una planta de procesos en Suecia, la trajo a Chile y no funcionó porque, una vez más, se dejaron llevar por los mejores precios de la industria. Esa planta finalmente quedó en Surlat de Pitrufquén y la debacle sucedió -relatan- cuando los productores, que eran dueños del 40% de la planta Surlat, vendieron sus acciones y se retiraron de todos los procesos.

Actualmente, en el país existe la cooperativa Colun, que compra el 27% de la producción nacional de leche. No obstante,  gran parte de la producción queda en manos de grandes firmas, varias de ellas con capitales extranjeros, como Nestlé, Soprole, Watts, Lactalis y Surlat, que absorben alrededor del 68%; y el resto se reparte entre pequeñas queseras e industrias menores con el 5%.

 “Si estás en una cooperativa -detalla Winkler- no le vendes tu leche a una planta que fija el precio. Él es dueño de las vacas, del equipo de ordeña, del estanque, de la leche, él la lleva en su propio camión a su planta, la procesa y la hace queso, yogurt o leche en polvo; y una vez que tiene el producto, en su camión, lo lleva a los supermercados y los vende. Entonces, gana sustancialmente mejor porque tiene un negocio 100% integrado, desde la producción hasta la venta del producto final”.

Eduardo Schwerter concluye diciendo que “hemos madurado respecto a asociarnos, así que desde el gremio estamos propiciando iniciativas para aprovechar economías de escala. Esa es nuestra apuesta”.              

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Fuente: http://www.australosorno.cl/

 

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