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El real impacto de los perros asilvestrados

Hasta 33 terneros en una noche puede perder un ganadero por ataques de los perros asilvestrados. Si el ataque es a animales adultos, las víctimas pueden ser entre 3 y 5, según los datos de Christian Arntz, presidente de Fedecarne y Sago. Se estima que los ataques habrían dejado a la ganadería pérdidas del orden de los US$ 12 millones en 2013.

Esto porque los canes no solo matan a vacas, ovejas u otros animales, sino porque al morderlos les contagian enfermedades que incluso pueden transferirse al hombre. Precisamente, el impacto de estos ataques fue lo que llevó a que el Ministerio de Agricultura, a través del decreto N°65 del SAG, autorizara la caza controlada. Y por lo mismo la suspensión de esa autorización, producto de los cuestionamientos de agrupaciones animalistas, reavivó la angustia en el sector productivo, especialmente desde la Región del Biobío al sur, donde se concentra la ganadería del país.

No solo muertes

Los perros asilvestrados son animales que, si bien fueron domésticos, se han vuelto salvajes, arman jaurías y cazan para alimentarse, aunque en ocasiones se trata de perros vagos de zonas cercanas a la ciudad, que matan animales sin comérselos.

En las zonas rurales, especialmente del sur, estas jaurías han aumentado tanto por los perros dejados de lado por sus dueños, como por la cruza de los que ya viven en forma silvestre. Como se mueven en grupos son capaces de atacar a animales de gran tamaño, como las vacas, aunque privilegian los ovinos y terneros.

También atacan a especies protegidas e incluso en peligro de extinción, como aves, pudúes o huemules, con el consiguiente impacto en la biodiversidad y medio ambiente. De hecho, un proyecto que contó con financiamiento internacional a través del Fondo para el Medio Ambiente y dirigido por el Ministerio del Medio Ambiente, mostró a estos perros como una de las 27 especies exóticas invasoras priorizadas como amenazas a la biodiversidad local.

A nivel productivo, estos ataques se han transformado en una de las principales causas de muerte del ganado, superando incluso a los ataques de pumas, de acuerdo con los registros del SAG en un estudio realizado hace tres años.

Juan Enrique Hoffmann, presidente de la Sociedad Agrícola de Valdivia (Saval), estima que más de la mitad de los 57 mil animales muertos en 2013 fue producto de las jaurías, lo que equivaldría a una pérdida de unos US$ 12 millones.

Según datos de Christian Arntz, solo en la X Región se calculan en 2.500 los bovinos víctimas: “Por cada ovino muerto, el ganadero pierde aproximadamente $50.000, y en el caso bovino, $500.000. Por ataque, las víctimas bovinas adultas van desde 3 a 5, pero en el caso de terneros, los perros pueden llegar a matar hasta 33 en una noche”.

Los daños no son solo por la muerte del ganado. Los perros son portadores de enfermedades que transfieren a los animales que muerden, afectando la producción.

De acuerdo con Arntz, las enfermedades contagiadas a los ovinos pueden provocar una reducción del 5% o 10% en la productividad. Y si alguna de estas enfermedades no es detectada, puede contagiar al resto del rebaño, lo que puede dejar animales fuera de exportación o de la venta en el mercado interno.

“Para exportar a la Unión Europea se debe contar con la certificación PABCO A y demostrar que no existen perros libres en los alrededores. Pero el Estado no hace nada para que eso se cumpla y son los mismos productores los que han tenido que adoptar la resolución de controlar la amenaza de los perros para no perder su acreditación”, asegura Arntz.

Algunas de estas enfermedades pueden ser contagiadas al hombre, como la hidatidosis, que se adquiere por el contacto con los huevos del gusano o por ingerir la larva, la que se puede alojar en el hígado o los pulmones de los animales, pudiendo incluso provocar la muerte de una persona.

Los perros la adquieren al comer vísceras crudas de un animal contaminado y luego diseminan, a través de las fecas, los huevos en las praderas. “Dejan los huevos en sectores donde hay frutillas silvestres, las que son recogidas para hacer mermeladas o consumirlas de forma fresca”, asegura Marcos Peede, director de la Organización Agrícola y Ganadera Austral, Ogana.

No es la única enfermedad. De acuerdo con los datos de Arntz, el 1% de los cerca de 700-800 mil bovinos que se faenan al año presentan síntomas de cisticercosis -otro parásito transmisible a los humanos- y esa carne es decomisada, pues no está apta para el consumo humano, presentándose así pérdidas económicas importantes.

El problema es cuando esos animales no son faenados en mataderos autorizados. “En Chile hay mucha faena ilegal y la gente corre el riesgo de consumir una carne que no ha seguido el circuito regular y contagiarse de alguna enfermedad”, asegura Arntz.

Los más afectados por los ataques caninos son los pequeños productores, porque tienen una cantidad menor de animales, por lo que un ataque puede llevarlos a perder todo su patrimonio. Según cifras entregadas por el presidente de la SNA, Patricio Crespo, en el 80% de los predios con ganado ovino el rebaño no supera las 20 cabezas.

La suspensión

El decreto N°65, promulgado en 2013, modifica el reglamento de caza e incorpora como especies dañinas a las jaurías de perros asilvestrados, permitiendo su caza en zonas que estén a más de 400 metros de un poblado.

La reacción de los grupos animalistas fue instantánea. “Sin desconocer la existencia de un problema, estamos pidiendo que se tomen en cuenta los estudios que se han efectuado y que señalan que la mayoría de los ataques provienen de perros que tienen dueños y no asilvestrados. Además, nunca se ha cuantificado la población de perros asilvestrados en Chile, por lo que es difícil afirmar dónde se encuentran. Nosotros proponemos que en las zonas rurales y en sectores aledaños a las áreas silvestres protegidas se haga un programa de esterilización masiva y una política restrictiva de tenencia de perros”, plantea Florencia Trujillo, del movimiento No a la caza de perros en Chile.

Desde el ámbito ganadero insisten en que esa aprensión no tiene base real. “La normativa no afecta la tenencia responsable de mascotas en la ciudad, sino que solo a aquellos perros de comportamiento salvaje en sectores rurales”, asegura Hoffmann, de la Saval.

De todas formas, el Minagri comenzó la tramitación del decreto que modificaría el párrafo que autoriza la caza, para formar una mesa de trabajo que permita contar con la participación de todos los interesados y buscar medidas en conjunto.

Patricio Crespo enfatiza que “el decreto debe irse regulando en el camino y en función de los comportamientos sociales. Si hay que subir las sanciones para quienes hagan mal uso del decreto, habrá que subirlas, pero lo peor que podemos hacer es fingir que el problema no existe y dejar que los perros sigan avanzando”.

Fuente: El Mercurio – Revista del Campo.

 

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